Amor.

¿Quién no ha pasado por eso? Ese sentimiento de nostalgia, de dependencia, de desesperación y de locura que parece que va a acabar contigo. Nadie dijo que iba a ser fácil. De hecho, nada nunca lo es. Igual que la primera vez que sentiste como tu corazón se rompía en pedazos o la manera tan sutil en la que te robaron el primer beso. Supongo que vos también desafiaste la ley de la gravedad al ver como el mundo se te caía encima. Pensabas que no ibas a salir de esa. Te juraste a vos mismo que de ahí en adelante defenderías a tu corazón como un iluso al más bello de sus recuerdos. Montaste tu muralla sólo para darte cuenta de que la única cosa que te puede impedir en el camino sos vos mismo. Y así, poco a poco aprendiste que cerrarte no serviría de nada; que lo más valioso que puedes ganar en esta vida es la experiencia y que lo más sagrado que puedes poseer es un recuerdo digno de mencionar. No puedes aprender a levantarte sin haberte caído antes y no puedes subir a lo más alto sin tropezarte por el camino y dejar que las cicatrices ayuden a no olvidar tus errores. Y gracias. Por haberme tendido tu mano cuando más me costaba levantarme. Por haberme ofrecido tu sonrisa para que formase parte del mayor de mis recuerdos. Pero sobre todo. Por recordarme que la vida está para vivirla y por hacerme ver puntos de vistas que nunca hubiese ni imaginado. Lo siento. Pero estoy en mar abierto y tú eres mi faro. Por favor, no te apagues.